Cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar

COLUMNA

De mechas y abandono

Por Francisco Llancaqueo 10 Oct, 2018

En su elegante salón, Francisco Llancaqueo moldea el look de centenares de mujeres que cruzan la puerta de su negocio en el barrio alto capitalino. Pero, en sus más de 40 años de carrera, este peluquero también ha dado forma, tijera en mano, al alma de muchas de sus clientas que le abren su intimidad frente al espejo. Aquí nos relata una de esas historias.

De mechas y abandono Foto: Guilherme Petri

Al comienzo todo fue como un mal sueño, su angustiante necesidad de cambio me hizo sentir que lo que venía era potente. Así, sin siquiera saber de su historia -era la primera vez que llegaba a mi espacio de trabajo-, me pidió que le cortara radicalmente esa larga cabellera que caía sobre sus hombros como un gentil manto achocolatado.

No había coherencia entre lo que me pedía y su energía de ese momento: exaltada, fuera de sí -quizás- era lo que mejor la definía. La invité a que juntos cerráramos los ojos y respiráramos lenta y profundamente al ritmo de un inexistente reloj marcando paso a paso sus segundos. Así podríamos equilibrar ese nerviosismo que, hasta ese momento, me parecía incontrolable.

A medida que el estrés se fue apaciguando, sus labios comenzaron a susurrar su historia. En esos bellos ojos pardos, húmedos de tristeza, se fue reflejando cada palabra con una fuerte angustia que apretaba mi corazón sin saber en ese momento como contenerla: su marido -un exitoso arquitecto con quien vivió por más de diez años y construyó una relación de pareja única y extraordinaria- había partido. Así, sin más, sin previo aviso.

La única razón que había retenido sus oídos era que ya no la amaba y que necesitaba partir de su lado.

“¿Por qué? ¿Por qué?”. Esa era la pregunta que se repetía una y otra vez, rebotando sus palabras en las blancas murallas de mi peluquería. “¿En qué momento sucedió?, ¿qué hice mal”, se preguntaba, mientras insistía en que le cortara el pelo lo más corto que pudiera. Necesitaba sacar de su cuerpo eso que en algún momento fue un instrumento de amor y seducción para su compañero.

Si a él tanto placer le producía acariciar su pelo, ahora que ya no estaba- No tenía sentido continuar llevándolo.

Recién ahí me di cuenta de su fuerte necesidad de castigarlo. Tenía que vengarse, había que apuntar sus dardos a lo que más le habría de doler. Sacar de ella lo que tanto significado tenía para él. No tenía sentido continuar con esa selvática cabellera que tanto le gustaba a José Antonio, su marido.

Para mí todo comenzaba a aclararse y no habría de ser yo quien le ayudaría en ese caos emocional mutilando su belleza como un acto de frustración y desespero.

A medida que se fue calmando pudo abrir su corazón y su mente; y así ver más allá de su dolor para darse cuenta de que en ese acto limite sería ella quien sufriría la larga espera de volver a llevar esas alucinantes mechas de chocolate.

“Llora todo lo que tengas que llorar”, le dije: “Grita si es necesario, golpea en un cojín para drenar tu rabia y vive tu duelo a concho; sólo eso te ayudará a sanar. Lo que sí haremos es sacar tu tristeza del pelo”.

La invité a mi lavapelos para comenzar el proceso. Le di un suave masaje en su cráneo para relajar su estado emocional, Luego fuimos a mi estación de trabajo, se sentó en el sillón y, tomando la tijera, comencé poco a poco a desenredar sus cadejos y, en un silencio único y profundo, comenzó mi ritual: mientras cortaba las puntas de su pelo pude ver en el reflejo del espejo situado frente a mí como corrían lentamente por sus mejillas prístinas lágrimas de dolor.

Desde mi intuición podía advertir lo que estaba sucediendo en su interior. Una vez terminada mi misión, su bella imagen comenzó a cambiar. Allá, atrás de su pena pude ver una leve sonrisa que se dibujaba en el rostro. Era como una metamorfosis; algo que me hacía sentir que había sido una buena solución solo sacar puntas y no más.

Al momento de despedirnos nos miramos fijamente, nos dimos un largo y fuerte abrazo y sólo pude decirle: “Ok, ya está hecho; ahora es el momento que desde tu conciencia puedas pararte en tu propia grandeza. Sin cuestionar, sin castigar, sin mutilarte, sólo desde la aceptación de que nada permanece y que, con o sin pareja, es tu responsabilidad volver a ser feliz”.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

llancaqueo_

También puede interesarte

Lo más reciente

COLUMNA

De mechas y espejos

El reconocido peluquero describe lo que le gatilló una “paciente” que…

Por Francisco Llancaqueo
cerrar