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COLUMNA

De mechas y apegos

Por 7 Nov, 2018

El respetado peluquero analiza esa necesidad irracional que tantas mujeres tienen por mantener su pelo largo, evitando -hasta las lágrimas, en muchos casos- que una tijera les arrebate centímetros a sus melenas.

Foto: Motoki Tonn

Qué gran misterio guardará el pelo en sí mismo que hace que un importante número de mujeres experimenten un asombroso apego a sus largas cabelleras.

Qué tiene como valor agregado que tantas se resisten a perder centímetros de sus kilométricas melenas llegando, a veces, a llorar frente al espejo porque se sienten mutiladas en la visita a su peluquero.

¿Será un escudo de protección para no ser vistas? ¿Un arma de seducción quizás, o un fetiche más de tantos que históricamente tenemos los seres humanos?

Esto es algo que siempre me ha llamado la atención y en mi mente de peluquero me cuesta entender. Sin embargo, lo respeto. Cada cual sabe lo que hace con su cabellera y su vida.

El pelo desde tiempos primitivos ha tenido un fuerte impacto estético. Ellas y ellos no cortaban sus mechas en la Edad de Piedra y mantenían siempre un aspecto desgreñado. Algo obvio, ya que la subsistencia del día a día los enfocaba en cazar, comer, abrigarse. La real prioridad.

Pero con el paso de los siglos el pelo fue tomando una importancia extraordinaria. Recordemos las cortes europeas y sus pelucas, verdaderas instalaciones de arte que adornaban las cabezas; y los franceses, sin lugar a duda, marcaron un hito en esa estética capilar generando muchos mitos, como el de las plagas de piojos que se paseaban entre duques y condes en los grandes bailes cortesanos, o aquel de aristócratas sosteniendo exuberantes pelucas que rociaban de perfumes para no ser delatados por el mal olor que emanaban.

Lo que está claro es que en todos los tiempos el pelo ha sido una parte importante en los seres humanos.

Qué extraño misterio esconde para que tras nuestra muerte siga creciendo de forma independiente -alcanzando un promedio de hasta dos a cuatro centímetros más-, sin siquiera enterarse de que ese cuerpo ya no tiene vida.

Qué hay en estas ‘antenas’ que se transforman en un indicador de nuestro estado anímico y pierden su brillo cuando vivimos épocas de estrés, duelos, términos de relaciones amorosas o simplemente en los períodos de menstruación.

Definitivamente pareciera que nuestras mechas son un barómetro de lo que sucede con nuestras vidas. Será por todo esto y más que tantas se resisten a perder largo.

En un momento llegué a pensar que era monopolio de hembras sudacas y que sólo por estos lados del planeta estaba el apego casi atávico en la mujer. Sin embargo, no es así. Muchas son las culturas donde el pelo tiene una connotación mística, religiosa, en la que el largo se asocia al poder y a la jerarquía.

Y aquí mi reflexión: existe un inconsciente que está preformateado y en éste traemos la información de nuestros genes. Será, entonces, una forma de volver al origen y que este apego es una manera de reconocerse en el colectivo, en la tribu. Quién sabe. Por ahora sólo sé que soltar es libertad y que atreverse, lo mejor.

 

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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