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COLUMNA

De mechas y castración

Por 16 Nov, 2018

No en su peluquería, sino frente al mar, allí Francisco Llancaqueo supo por qué una de sus amigas más entrañables sufría cuando una tijera se acercaba a sus rulos. Nervios originados en la infancia, cuando su madre le cortaba su pelo en un régimen casi militar.

De mechas y castración

Panchita es una de mis más grandes y queridas amigas. Cada año es la anfitriona de mi tradicional viaje a Wilton, Connecticut, ciudad donde ella vive hace más de treinta años. Esta vez, como tantas otras, llegó a Santiago para visitarnos. El mismo día de su aterrizaje partimos rumbo a la playa, así aprovecharíamos al máximo su corta estadía por estas tierras sudacas.

El brillante sol nos acompañó todo el finde, algo que obviamente hizo que este paseo resultara más atractivo y bello.

Entre todos los panoramas tuvimos una larga caminata a orillas del Pacifico y ese andar fue algo inolvidable. Su conversación se fue matizando con emotivos relatos llenos de historias familiares.

De tanto andar llegamos a la playa Las Cujas, allí donde los techos de las casas se visten de coirones. Nos sentamos sobre su cálida y dorada arena, afirmamos nuestros cuerpos entre sí y, mientras saltábamos de risas a silencios, Panchita tuvo una regresión que llegó a su niñez. Ese momento fue algo especial y pude sentir el daño vivencial que arrastraba.

Desde que comenzó mi amistad con ella había algo que me llamaba mucho la atención: esa especial relación que tenía con su pelo.

Siempre sentí que para Panchita su pelo era algo difícil de enfrentar y cada vez que cortaba sus mechas -algo que generalmente hacía en mis visitas a Estados Unidos-, su interior se afectaba. Y cómo no: pasó toda su niñez castrada por las manos de su madre, quien en un acto irracional cortaba cada mes sus crespos, dejándola prácticamente pelada sin siquiera preguntarle ni enterarse que para ella era una vergüenza enorme desde su personalidad de infante.

Siempre fue la burla de sus compañeras y compañeros, el bullying estuvo presente en la primera etapa de su vida. “¡Hombrecito! ¡Hombrecito!”, le gritaban a coro en las horas de recreo. Mientras los otros niños reían a carcajadas, corriendo tras ella, quien nerviosa buscaba refugio en algún lugar del colegio donde pudiera protegerse. Cada vez terminaba bajo el pupitre tapando sus oídos para no escuchar la mofa de sus compañeros.

Añoraba crecer para ser dueña de su vida y cortar de raíz las reiteradas agresiones que recibía de sus pares. Su trauma fue profundo y la rabia con su madre marcó gran parte de su experiencia humana.

Muchas son las mamás que -desde su autoridad y comodidad- deciden mutilar a sus hijas cortándoles excesivamente el pelo para evitar el largo trabajo que significa desenredar mechas, rulos y cadejos. Lo hacen sin importarles el gran daño sicológico que en ese acto crean en la mente y corazón de sus hijos.

Desde mi experiencia, es más sano tomarse el tiempo para no agredir a la propia prole y evitar crearles un fuerte rechazo a cortar su pelo.

Siento que es importante que los padres pongan atención y rompan el círculo, y así no repetir la experiencia que ellos vivieron con sus propios progenitores.

Es mejor perdonar y perdonarse y así quebrar esa dinámica que sólo trae dolor y frustración a tanto niño en este planeta.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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