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Nunca es tarde para hacer ballet

Por 4 Feb, 2019

Con zapatillas de media punta, malla y un ordenado peinado de tomate se hace la clase para adultos en el estudio Ballet Danceworks, dirigida a personas principiantes o que alguna vez aprendieron y quieren retomarlo como una nueva alternativa de entrenamiento.

Foto: Ivandrei Pretorius

Por muchos años, antes de que la rutina universitaria y laboral se apoderara de mis días, le dedicaba dos tardes de mi semana al ballet. Era mi momento para hacer lo que más me gustaba, el único deporte que me interesaba –aún no descubría mi amor por el fitness– y me permitía creerme el cuento con el cuello bien estirado, la espalda bien erguida y esas manos que parecen estar flotando en el aire.

Siempre me prometí volver y, por eso, apenas vi los carteles de Ballet Danceworks –el estudio del bailarín Lucas Siqueira– por las calles de Providencia, decidí inscribirme.

Cuando llegué, el amplio camarín estaba lleno de mujeres de todas las edades. Unas elongaban con sus mallas y pantys impecables –y qué decir de sus tomates– y otras se veían más nerviosas y titubeantes -con sus zapatillas de media punta- eran evidentemente nuevas.

En la academia hay clases para todos los niveles, desde principiante hasta avanzado. Me sumé a ese primer grupo, en el que habían alumnas que llevaban un par de meses en clases y otras que no habían hecho nunca ballet, también estaba el grupo, como yo, que lo practicaron hace un tiempo y quieren retomarlo. Entré a la sala para la clase de ballet para adultos, que promete ser una alternativa de entrenamiento, porque trabaja fuerza y mejora la elongación y la postura.

Alineada en la barra –y con las manos posadas sobre ella “como señoritas”, tal como insistía la profesora– empezamos por lo más básico: plié, relevé y tendu. La bailarina profesional iba mostrando los movimientos lentamente, corrigiéndome cada vez que fallaba en la técnica y recordándome constantemente en tener firme el abdomen y glúteos, las piernas bien estiradas y los hombros hacia atrás.

Luego pasamos a la porción de elongación, principalmente de espalda y piernas, y a una serie de abdominales. Porque las bailarinas sí que tienen calugas.

Con el cuerpo preparado, nos ubicamos al centro de la sala. Ahí tuve que cruzar de lado a lado en relevé, luego con chassé y, finalmente, con saltos. El pie siempre en punta, los brazos siempre en alguna de las posiciones del port de bras y la postura siempre derecha.

Termina la clase con una reverencia que me hizo creer que era una bailarina de El lago de los cisnes recibiendo aplausos. Probablemente ese sea el sueño de muchas de las niñas y jóvenes que vienen cada semana a este estudio, mientras que para las de la clase de adultos es una forma de recreación para salir de la rutina sin los sufrimientos que traen las sesiones tradicionales.

Pero una cosa está clara: el ballet es como andar en bicicleta. Jamás se olvida.

Dónde: Román Díaz 82, Providencia.
Horario (desde marzo): lunes a viernes a las 10.30; lunes, miércoles y viernes a las 20.30.
Web:  www.balletdanceworks.cl

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