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Lo probamos

Yoga que desafía la gravedad

Por 16 Abr, 2019

En el recién inaugurado Espacio Inguz se imparte aeroyoga, una clase que te pone de cabeza y te enseña a confiar en tu cuerpo (y en la tela).

Recién un mes atrás abrió Espacio Inguz –a pasos del Costanera Center–, un lugar destinado para el yoga en dos de sus versiones: la tradicional en suelo y aeroyoga. Justamente esta última es la que fui a probar una mañana.

Antes de inscribirme (es obligatorio porque hay sólo seis cupos) pregunté si la clase era apta para personas como yo, que nunca hemos hecho ningún tipo de yoga. Me aseguraron que no era necesario tener experiencia previa y me enviaron un par de recomendaciones: no comer hasta dos horas antes de la clase, usar calzas largas y polera con mangas.

Siguiendo esas instrucciones al pie de la letra, cruzo la puerta el día asignado para esta aventura aérea. Me saco los zapatos y entro a la sala. Hay seis telas (más la de la profesora), con espacio suficiente para que las alumnas no choquen durante algunas de las poses.

Me siento en un mat y, guiada por la instructora y acompañada de música tranquila, cierro los ojos. Inhalo, exhalo y, tal como me lo recomienda, trato de olvidar todos los problemas y responsabilidades por esta hora de clase.

Después del calentamiento en la colchoneta, nos paramos. Con un pie sobre la tela, tengo que estirar y empujar mi pierna, intentando hacer un split. Cuando tengo que cambiar de pie, llega el primer desafío: subir la pierna que tenía en el suelo para balancearme como en un columpio y bajando la otra pierna. Me costó atreverme y a confiar en la tela, pero finalmente lo logré (aunque con menos gracia que la que me habría gustado).

Ahora llegaba lo bueno: las poses. Empiezo con la de murciélago, contando siempre con la ayuda y soporte de la profesora. Sentada sobre la tela, tuve que bajar –lo hice extremadamente lento y tensa como nunca- hasta quedar cabeza abajo y afirmada sólo con las piernas. Mis manos, simplemente apoyadas sobre el piso. La sensación fue rara, mi cara empezó a calentarse de inmediato, pero comprobé que de verdad estoy segura, así que cerré los ojos y lo disfruté.

La segunda pose que hice fue la paloma (en la foto). Es similar a la del murciélago, pero mis dos brazos afirman una de mis piernas doblada, mientras que la otra es la única que amarra mi cuerpo a la tela. Aguanté unos segundos, pero empecé a marearme -lo que ya me habían advertido- y me volví a sentar.

Luego vino la vela: es igual que la que se hace en el suelo, pero sin apoyar la cabeza. Esta suma más trabajo de core, ya que tuve que mantenerme completamente firme para no perder el equilibrio. Cuando estuve “cómoda”, le añadí dificultad abriendo y cerrando las piernas.

Con eso terminó la clase, aunque para cerrar hice una última pose: la mariposa. Es parecido a estar de cuclillas, pero afirmada a la tela, haciendo fuerza con los brazos. Al salirme de esa pose se pasa a unos minutos de puro descanso. Me recosté en la tela, la profesora apagó las luces, puso un aroma de canela y simplemente cerré los ojos y respiré.

Mis brazos y mis abdominales fueron los que más trabajaron. Y aunque mi cabeza todavía me duele un poco por haber estado en esas posiciones inusuales, esta clase fue la terapia perfecta para empezar el día sintiéndome fuerte y liviana a la vez.

Dónde: Ebro 2740, oficina 502, Las Condes.
Web: www.espacioinguz.cl
Instagram: @espacioinguz

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