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La silla

COLUMNA

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La silla

Por Bernardita Santa Cruz 1 Oct, 2018

Nuestra columnista detalla el día de 2016 en que enfrentó por primera vez su silla de ruedas. Las sensaciones y pensamientos que cruzaron su cabeza. También cuenta lo que le sucede hoy moviéndose en ésta, lo que genera en su entorno. “Si un otro me transmite seguridad, yo me siento segura”.

La silla

Estaba recién internada en la clínica, después de una caída en canopy el 10 de octubre de 2016, quebrarme la columna en dos partes y sufrir una lesión en la médula que me dejo parapléjica. A los cuatro días de mi accidente -y de la operación- me sentaron por primera vez con mucha ayuda, miedo y dolor sobre una silla de ruedas que pesaba 14 kilos y contaba con posa brazos y contención por todas las partes de mi cuerpo. La típica silla de ruedas de las clínicas. Llevaba 46 días internada cuando mis [email protected], después de juntar plata, me regalaron mi propia silla que uso hasta hoy. Estoy segura de que jamás voy a olvidar el día en que la tuve que elegir, a pesar de que hay muchas cosas de las que no me acuerdo de esa etapa, probablemente por el shock de todos los cambios que estaba viviendo.

No recuerdo qué día de la semana era o qué hora. Sí que estaba soleado por lo que se veía por mi ventana, aunque no sé si hacía mucho calor, ya que llevaba demasiado tiempo en la clínica y sólo sentía el frío del aire acondicionado. Y todavía me quedaban dos meses más. Sí me acuerdo que estaba acostada en la cama, acompañada de la Panti -una de mis hermanas-. No estaba nerviosa ni ansiosa por ver las opciones de sillas que me iban a mostrar. Creo que me era indiferente. Tenía la cabeza cansada después de todo lo que me estaba pasando. A veces, mi cabeza era una piñata repleta de información a punto de estallar.

Así estaba cuando entró Alex, el vendedor de la silla, acompañado del kinesiólogo y de la doctora a cargo de mi caso. Me ofreció tres modelos y habló mucho rato sobre sus características y funciones. No fui capaz de escuchar con atención. Me recuerdo desorientada y espantada, enfrentada una vez más a la pregunta “¿en qué mierda me metí, qué me pasó?”.

Terminé eligiendo por el color. No quería nada llamativo. Me moría con una silla roja o blanca, entonces fui por el negro y las ruedas plateadas (hoy las quiero negras). Una silla en la que me viera principalmente yo. Parece una elección sin mayor trascendencia, pero la tomé con el corazón apretado. Cuando me angustio o tengo miedo suelo aguantar la respiración, asunto nada bueno, o me tapo los oídos, los sonidos fuertes siempre me han asustado. No fue el caso de ese día, ya que una semana después de mi accidente empecé a aprender meditación y lo importante que es respirar en situaciones como estas. Desde entonces medito casi todos los días.

Probar la silla me angustió todavía más. De 7 kilos y sin contenciones, me provocó un miedo que jamás imaginé. Algo tan básico como sentarme en una silla me hizo sentir mareada, desequilibrada, aterrada. Me era imposible echarla andar. Mi hermana intentaba animarme: “¡Qué bacán la silla!”. Me decía que no me asustara y que me veía linda. Pero era imposible no darme cuenta de que cada vez que me daba la espalda ocultaba su llanto. Fue un día doloroso y difícil para las dos. Nunca nadie me advirtió que ese momento iba hacer así de chocante. Odié esa silla. Mi silla.

Casi dos años después me manejo perfecto en ella. Sé que no me voy a caer y el miedo ya no está. Pero a veces, sin ninguna razón, la miro y ese día reaparece sin ser angustiante.

Hoy el problema con la silla es otro. Aunque la elegí pensando en que quería ser siempre yo por sobre la silla, aunque la poca cultura realmente inclusiva de este país me permite asegurar que siempre la silla está antes que yo.

No estoy haciendo ninguna demanda a nivel de infraestructura. Retrocedo mucho antes que eso, me refiero a la manera en que la gente puede llegar a mirarme y hacerme sentir. Si llego a un lugar que no está 100% adaptado a mis necesidades soy capaz de arreglármelas pidiendo la ayuda necesaria y es lo que hago todo el tiempo: escalones en restoranes que subo con la ayuda de mis amigas, pasillos o puertas estrechos donde mi silla no entra, mesas para comer en las que no están a una altura adecuada ni para mí ni nadie en silla.

Lo que me es imposible solucionar -por más ingenio que le ponga o pudores que he derrumbado- es la actitud incomprensible que veo en los otros que no me conocen: caras nerviosas, inquietas de miedo o evasivas, incluso comportamientos torpes de gente que no sabe cómo comportarse frente a mí que estoy en una silla. La única explicación que he logrado concluir con respecto a lo que me ha tocado ser testigo este tiempo es la poca educación de un país donde la campaña solidaria más grande de Chile lleva casi 40 años de existencia.

Es muy diferente llegar a un lugar que, aunque no tenga buena accesibilidad, la gente se acerque a ayudar de manera natural, sin trancas ni miedos, con soluciones rápidas y sin armar tanto drama. Las miradas duelen y siento el miedo de las personas. Si un otro me transmite seguridad, yo me siento segura. Es así de fácil. Es un tema de actitud. Son detalles que para mí marcan la diferencia y que me motivan a salir de mi casa.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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