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COLUMNA

Dejar de quejarse

Por 8 Oct, 2018

Nos quejamos desde que nos levantamos hasta que nos dormimos. Refunfuñamos por el frío, por el calor, por el tránsito, porque hay que trabajar, porque hay que ir al colegio, por el país que nos tocó, por el pololo que tuvimos, el que tenemos o el que no tenemos. Toda la vida me quejé estúpidamente hasta que, tras mi accidente, el dolor físico y el miedo impusieron otro tipo de quejas. Hoy he elegido dejar de lamentarme. Mi decisión diaria es sanar y vivir.

Dejar de quejarse

Cuando me desperté el 11 de octubre 2016 en la UCI, después de una operación de once horas, todas esas quejas estúpidas que solía desparramar a diario -y que salían de mi boca automáticamente- desaparecieron. No es que haya dejado de quejarme, sino que esos viejos e inútiles lamentos fueron reemplazados por otros. Quejas por el dolor físico que nunca antes había sentido. Quejas por el miedo y la incertidumbre sobre qué sería de mi vida sin poder caminar. Quejas producto de toda la confusión que había en mi cabeza.

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18.30 del 10 de octubre de 2016. “Estábamos las cinco amigas en la cocina tomando té. La mayoría comía lo normal que se come a esa hora, pero la Berna estaba con antojo y se comió cuatro empanadas camarón-queso. De un minuto para otro decidió que quería tirarse por el Tarzán o canopy, dejándonos a todas sin entender nada. Le preguntamos de dónde sacaba tanta energía si con el carrete de la noche anterior, con suerte, habíamos dormido. Pero salió corriendo y me gritó que la fuera a grabar. Corrí tras ella dejando a las demás en la cocina”.

18.45. “Abrí mi Snapchat, contamos hasta tres y empecé a grabar. A los dos segundos, las dos nos dimos cuenta de que había agarrado mucho vuelo. La Berna asustada me gritó que se quería bajar. Pero en menos de cuatro segundos llegó al tope y con la fuerza del impacto sus manos se soltaron y cayó al piso. La vi pegarse fuerte en la cabeza y en la espalda; y fue ahí cuando el susto se convirtió en pánico para mí y en dolor y desesperación para ella. Al tratar de pararse me miró, me pescó los brazos con mucha fuerza y me dijo con una voz como de una niñita de 5 años asustada que no sentía las piernas. En ese segundo entré en shock, le respondí que no se moviera y me puse a gritar con todas mis fuerzas pidiendo ayuda a las demás. Apareció la Maida, después la Jesús y más tarde la Ignacia que, con el pánico de los gritos, pensaba que la Berna estaba con fractura expuesta. Apenas llegaron todas me levanté, corrí a la cocina y, como mi cuerpo no reaccionaba, me acosté en el suelo de la cocina; puse mis pies en alto durante unos segundos y respiré. La Berna tenía que vernos bien. Volví a salir. Mientras pedíamos ayuda, la Berna repetía que le ardían las piernas y pidió llamar a su papá. Lloró por primera vez cuando le dijo que se había caído, que no sentía las piernas y que la ayudara. La voz de él se sentía como si no entendiera lo que decía su hija y ninguna de nosotras era capaz de explicarle”.

20.00. “La desesperación empezó hacerse mayor. Ya había oscurecido y los mosquitos no dejaban de picarnos. Teníamos que sacarlos de la cara de la Berna y rascarle donde le habían picado”.

21.00. “Llega la ambulancia que la llevará al hospital de La Ligua. Desde allí será trasladada en un helicóptero hacia Santiago. La dejamos ahí y nosotras partimos en auto para encontrarnos con ella en la clínica”.

1.30 del 11 de octubre: “Llegamos a la clínica donde estaba su familia, pero no había noticias de porqué ella no llegaba”.

4.30. “Llega la ambulancia. Nunca olvidaremos sus gritos de dolor mientras la bajaban envuelta en papel aluminio”.

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Ese sí fue un momento para quejarse y sufrir. Pero sólo un momento. Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción.

Recién, después de casi dos años de mi accidente, mi amiga Geraldine me mostró lo que escribía mientras me acompañaba en la clínica. Como a mí, a ella le recomendaron escribir lo que sucedió esas horas como una forma de sanar. Lloré al leerlo, me reí al leerlo, recordé cosas que tenía bloqueadas.

Ver esas escenas desde afuera me permitió tomar otra perspectiva: la de cómo mis amigas vivieron el accidente. El ejercicio de leer el texto de Geraldine me ha permitido entender que la vida está hecha de pequeños momentos y cómo en segundos todo puede cambiar radicalmente.

Ahora mi vida está llena de momentos en que tengo que elegir estar bien, sanar, vivir. Ver todo lo que tengo y no lo que me falta es una decisión que tomo día a día y que todos deberíamos tomar.

Hay que salir del estado de víctima y trabajar por lo que queremos lograr. Nadie lo hará por una y sólo depende de una ver las cosas así. Es una quien elige la energía que queremos vibrar; y eso se contagia. Es lo que intento hacer: contagiar alegría y ganas de vivir. Decidí no perder el tiempo lamentándome. Elegí rearmarme. Mi silla puede ser un desafío para mí -y para todos los que estamos en una silla- pero se encuentra la fuerza para luchar día a día. Todos luchamos por algo.

Cosas buenas le pasan a gente buena. Cosas malas le pasan a gente buena. La forma en la que vives después de eso es lo que te forma o te rompe. La elección es de cada uno.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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