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COLUMNA

De mechas y espejos

Por 18 Oct, 2018

El reconocido peluquero describe lo que le gatilló una “paciente” que cruzó guapísima las puertas de su salón esperando ser, literalmente, otra. Una mujer que no proyectaba sus fantasías frente al espejo, sino que en ese reflejo miraba lo que otros iban a encontrar después de la cita. Una situación que abrió una puerta al pasado a nuestro columnista.

De mechas y espejos Foto: Charis Gegelman

No hacía tanto que había recibido por primera a vez a esta nueva paciente en mi taller de peluquería.

Era poco el tiempo que llevaba trabajando como peluquero en su pelo. No recuerdo si fue su cuarta o quinta visita cuando la vi llegar vestida con un clásico traje de lino verde musgo, llevando en su cuello un colgajo con un gran cuarzo blanco amarrado con hilos de cobre -diseño de la Chantal seguramente-, traía unas sandalias nude y completaba su look un gran bolso de cuero café. Estaba guapísima.

Sin embargo, tanto estilo no me impedía correr su bizarro velo y advertir en ella una fuerte necesidad de reconocimiento en su interior.

Al preguntarle qué haríamos con esa melena -diseño de su última visita-, contestó:

Mi novio adora mi pelo sobre mis hombros. Y si, además, lo pinto a dos colores, uf, para él será lo mejor.

A aquello respondí casi sin pensarlo:

Ok, lo entiendo, pero mi pregunta es para ti, ¿qué es lo que a ti te gusta?, ¿qué quieres reflejar cada vez que te enfrentes al espejo?, ¿qué necesitas rescatar o ver en ti?”.

Mi pregunta fue directa. La sentí un poco desconcertada y, sin siquiera pensarlo, fue inevitable descolocarla.

Sin violentar, repetí:

Ignacia, ¿qué haremos esta vez? Por mi parte, tengo algo que proponerte para este comienzo de primavera.

Ella me respondió:

Mis amigas piensan similar a Matías, que debo llevarlo hasta los hombros y si le sumas los dos colores todos me encontrarán divina. De eso estoy completamente segura.

Al escucharla algo pasó en mi interior. Se movió un sentir que hasta ese momento no lograba dilucidar.

Podía recibir de Ignacia su fuerte necesidad de cubrir las expectativas que los otros tenían sobre su imagen.

Si obedecía a la estética que el afuera tenía para ella, todo estaría perfecto. Sería un motivo claro de aceptación y cariño de los suyos con respecto a ella y a sus looks.

No podía comprender por qué me sentía molesto con su discurso. Qué era lo tan importante que me reflejaba, por qué me hacía ruido su falta de seguridad, qué me mostraba, cuál área de mi interior se sentía inquieta en ese momento.

No pasó mucho rato hasta que logré ver esa danza de juegos y espejos.

La cita de Ignacia esta vez se había transformado: terminé viéndome en ella con un reflejo en cada momento más claro y lucido. Entendí que todos tenemos nuestro propio tiempo de aprendizaje y que, si bien, también experimenté épocas necesitadas de la aceptación, cubriendo siempre lo que otros querían de mí, pude enfrentar mis miedos y carencias atravesando mi círculo de limitaciones.

Sin embargo, eso fue lo que a mí me tocó vivir. Y hoy la vida me enrostraba ese pasado que tanto daño me hizo y, a su vez, me fortaleció.

Hoy era Ignacia quien desde su historia me ayudaba a reafirmar que todo es perfecto exactamente como es. Y que si enfrento a mis pacientes sin juicio, sólo con la realidad de cada una, se abren las grandes alamedas de mi alma enfocando mi oficio desde el amor, la creatividad y la compasión.

Gracias Ignacia.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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