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COLUMNA

Tu silla me complica

Por Bernardita Santa Cruz 22 Oct, 2018

¿Chile un país inclusivo? Mi respuesta tajante es no. Rampas mal hechas, restoranes donde una silla incomoda y baños no adaptados son algunos ejemplos de situaciones que vivo a diario y que, además de marginar a personas discapacitadas, impide nuestra independencia y nos daña emocionalmente.

Tu silla me complica Foto: Francisco Rocha

Volví al mundo después de tres meses de encierro. La hospitalización tras mi accidente me significó hacer durante esos noventa días una vida en un mundo habitado por ‘mis enfermeras’ y toda una infraestructura orientada a mi rehabilitación. Una parte de mí no quería salir de ahí, dejar la rutina y comenzar la nueva etapa que se me venía encima. Pero llegó el día en que me dieron de alta. En mi pieza, la 515 del 5 piso, no quedaba nada. La noche anterior comí con las enfermeras, que me habían preparado una linda despedida, y me dormí tarde.

Fue rarísimo salir de la clínica, desde donde diariamente podía ver la calle y la vida de la ciudad, ajena a toda esa dinámica. La vida afuera fue una imagen lejana para mí durante esos tres meses. Ya en el auto que me trasladó hasta mi casa, como una extranjera que visita por primera vez un país, miré todo detenidamente: los nuevos arreglos en las calles, las autopistas muy cambiadas o nuevas, etc. Una sensación de novedad que me provocan hoy otras cosas.

Ese día comenzó el momento de probar en carne propia qué tan inclusivo es nuestro país. Aunque no me gusta profundizar en el tema de la infraestructura, a casi dos años de mi accidente, e intentos por caminar hacia la independencia, me parecen vergonzosas las dificultades de accesibilidad en calles, restoranes, bares y en muchos otros espacios públicos, donde es evidente que no se considera el interés y la necesidad de quienes usamos silla por estar y participar en el mundo haciendo uso de nuestro derecho.

No soy nadie para dar lecciones, y sé que Chile avanza lentamente hacia ser un país más inclusivo. Hablo desde mi experiencia diaria, marcada por la dificultad de ser autónoma cuando llego a un espacio que no ha sido diseñado o adaptado para personas con discapacidad.

Durante 25 años mi desconocimiento sobre las necesidades de las personas discapacitadas fue absoluto, a pesar de que es probable que todos tengamos un cercano con dificultades de este tipo. Lo único que sabía era por la campaña de la Teletón, que durante unos días al año me permitía conectarme con esa realidad. Ahora, que estoy parada en la vereda opuesta, veo que las mayores dificultades son de responsabilidad de alguien que está convencido de que jamás un discapacitado va a llegar a su café, a su restorán, a su tienda y que, entonces, prefiere ahorrase la plata de rampas, puertas por las que entre una silla y baños adaptados. Esa mezquindad me parece una vergüenza.

Les cuento una ‘anécdota’ al respecto. Tras mi alta, con unos amigos elegimos el restorán que habitualmente tiene más público del Paseo El Mañío, en Vitacura; el mismo que frecuentaba mucho antes de mi accidente. Llegamos y uno de ellos avisó que en el grupo había una persona con silla y que podíamos sentarnos afuera. El anfitrión nos comunicó que debíamos esperar cerca de una hora para obtener mesa, entonces nos quedamos muy cerca de él. Hasta que se nos acercó, me miró y preguntó: “¿Vienen con ella? No la había visto”. Uno de mis amigos le preguntó si mi presencia generaba algún problema y le recordó que ya habíamos avisado. El tipo respondió sin rodeos “Me complica la silla”. Tal cual. Alrededor, la gente estaba indignada con el comentario, mi grupo discutía enojado. Para no profundizar en la mala onda, me hice la tonta, pero lo cierto es que me sentí pésimo y angustiada. Lo que iba a ser una salida entretenida se transformó en una pesadilla.

Nunca más he vuelto a ese restorán, a pesar de que está a cuadras de mi casa y es el que tiene más gente de mi edad. Ahora cada vez que voy al Paseo El Mañío prefiero entrar a otro lugar menos a ese. Le tengo rabia.

Podría seguir contando anécdotas chocantes que me han hecho concluir que la famosa inclusión -desde la que se aspira en la educación, hasta la de las calles para una persona con silla- es una falacia. Se supone que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero desafortunadamente personas como yo no lo sentimos así.

Me pongo a disposición para ayudar a pensar y concretar los futuros espacios que se van a construir, para que tengan las rampas bien hechas, los baños correctamente adaptados y las camas a la altura adecuada si se trata de un hotel. No es lujo. No son comodidades. Son necesidades básicas para hacer mi vida. A nadie le gusta estar pidiendo ayuda todo el tiempo. Los lugares accesibles se agradecen y no saben cómo nos pueden cambiar el día. Por el contrario, un sitio que nos ignora y margina, causa daño.

Es cosa de que hagan el ejercicio de, por unos minutos, imaginar que cada vez que salen y necesitan ir al baño deban pedirle a la mamá, al papá, a la señora, al pololo, al marido, al hermano o al amigo, que los acompañe a algo que se supone íntimo. Y hay que considerar que existen personas con menos movilidad que yo; es decir, que necesitan esta ayuda siempre. ¿Cómo se sentirían así de dependientes, nada considerados y expuestos a una situación que genera pudor?

Eso me pasa cada vez que llego a un lugar donde el dueño “no tenía presupuesto” y su baño es para todos, menos para mí.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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