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COLUMNA

De mechas y renuncia

Por 26 Oct, 2018

Un nuevo caso llega al respetado peluquero. Su nueva “paciente” aparece y un frío se toma el salón de belleza. Entonces, él piensa: “Será su corazón que, de tanto renunciar al amor, se está congelando”.

De mechas y renuncia Foto: Jenna Norman

Valeria, en su acostumbrada austeridad y hermética forma de ser, nunca antes había abierto su intimidad como lo hizo aquella vez. Siempre agradeceré la confianza recibida.

Locación, la pelu.

Era una tarde de este invierno que acaba de pasar y todo sucedía con la normalidad de costumbre. Sin embargo, mi paciente aquel día se encontraba especialmente vulnerable y yo lo podía sentir. Era como si su estado emocional traspasara el ambiente con un frío inaguantable. Como si un glaciar se hubiese apoderado del lugar.

Conociéndola pensé: “Será su corazón que, de tanto renunciar al amor, se está congelando”.

Si bien es cierto que en otras oportunidades me ha tocado recibir en mi taller de peluquería a mujeres separadas con hijos únicos, no menos cierto es que varias de ellas comprometen su rol de madre como un apostolado en pro de la realización de su primogénito. Y Valeria no era la excepción.

No obstante, podía ver en ella una incómoda sensación que no la tenía feliz. Claro, en este acto de madre abnegada borró su propia experiencia-mujer y con ésta sus placeres y deseos. En otras palabras, dejó a un lado a su hembra interna.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que este grupo de mujeres optan por dedicar su vida a tiempo completo a la crianza de ese hijo-a, pero con una evidente herida que deja la ruptura con sus parejas. Quedan exiliadas de las lides amorosas, haciéndose invisibles a posibles galanes.

La tarea de construir familia -y luego abortar en ese intento- las deja devastadas. Y de esta manera tienen una buena excusa para cerrar la puerta de su alma y no entregarse más a nuevas historias de amor.

Es mejor vivir la renuncia total y volcarse por completo al desarrollo del hijo, negándose a abrir las puertas de su corazón y recibir a otros que también deambulan por los laberintos desconocidos de la soledad humana.

Pensarlo así no es extraño, más bien a un sicólogo le sería fácil dilucidar el temor a volver a sufrir.

Este es el delgado e invisible hilo conductor en esta historia: entregarte al desarrollo de tu hijo-a no debe traducirse en renunciar a tu vida personal. Esa dedicación no es sinónimo de soledad y, menos, de olvidar que puedes intentar cuantas veces quieras rehacer tu vida y volver a equivocarte si es necesario.

Parecía que Valeria, hasta ese momento, no había hecho esa lectura. Quedó largamente en silencio.

“Lo tuyo es miedo”, le dije. “Es el temor de volver a sufrir. Crees que negándote al amor estás a salvo y protegida. Es necesario que te abras”, insistí.

Aquella tarde hablé mucho rato con la Vale, era lo que necesitaba y en ese momento yo podía ofrecerle la contención necesaria.

Sus palabras fueron naciendo desde lo más profundo de su ser y comenzó a verse. Algo se abrió en ella. Fue el inicio de un acto sicomágico de conexión: el frío del lugar poco a poco comenzó a desaparecer transformándose todo en una tibia sensación de calidez. Era Valeria que dejaba su miedo atrás, conectándose con su guerrera espiritual que hasta ese momento permanecía dormida en pro de la formación de su hijo que algún día crecerá, partirá de casa y hará su vida como lo hemos hecho todos.

Para Valeria era su momento de despertar, su minuto de luz donde la conciencia se expande en pro del bienestar de todos.

Atrévete a ser feliz.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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