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COLUMNA

El miedo

Por 29 Oct, 2018

El miedo está ahí, relata nuestra columnista. Nos acompaña y siempre nos mantiene alerta. Luego de su experiencia y el camino recorrido en los dos útimos años, ella puede decir que uno de los secretos que encontró para que desapareciera está en un relevante ejercicio interno: confiar en el otro. Cruzando esa frontera está la recompensa.

El miedo Foto: Francisco Rocha

Miedo: “Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario”. Esa es la definición del diccionario.

Nadie despierta un día pensando “mi vida va a explotar hoy”. Nadie piensa eso, pero a veces pasa. A veces nos levantamos y afrontamos los miedos. Los tomamos de la mano y nos quedamos ahí, esperando confiados, preparados para lo que sea.

Desde el minuto uno de mi accidente, y hasta hoy, he conocido y experimentado de muchas maneras el miedo. El miedo a la incertidumbre durante las cerca de diez horas en que estuve sin saber, ni tener una respuesta de lo que estaba pasando. De esas diez horas, las tres primeras estuve tirada en un bosque sin poder moverme. Las siete restantes consistieron en esperar el rescate que me trasladó a Santiago. Siete horas sola, sin ningún familiar o amigo. Diez horas de lo que concibo como total miedo a la incertidumbre.

Después conocí otro tipo de miedo. El miedo al dolor físico que sentí producto de mi accidente y durante los meses posteriores a mi operación de columna. Jamás había estado ni cerca de algo parecido. Fue tanto que apareció el miedo a moverme y a que me movieran. Miedo a la más mínima amenaza de dolor físico. Los doctores y kinesiólogos decían que mi frase típica era “no puedo, me da miedo”. Ese miedo me llevó a darme cuenta de mi nivel de desconfianza hacia los demás y, sin quererlo, me obligó a trabajar en revertirlo. Si no lo hacía era imposible avanzar en mi rehabilitación. Necesitaba confiar en el otro. Sólo cuando comencé a hacerlo fue que se generaron mis primeros avances. Tuve que confiar en que esos profesionales sabían muy bien lo que hacían y que si me caía ellos estarían para sostenerme. Fue sorprendente constatar que a medida que el tiempo transcurría, y el dolor físico disminuía, la confianza se volvía más y más fuerte. Junto a ella apareció la emoción, la felicidad y la conciencia de que tras todo lo que he logrado, está el miedo feroz.

Enfrentar el miedo se ha vuelto una práctica diaria para mí. Desde que salí de la clínica, hace dos años, todos los días hay algo a lo cual temer: salir al mundo y reinsertarme; ser mirada de manera distinta ahora que uso silla; salir de la casa y moverme en los espacios públicos; no poder formar una familia; escribir; no vivir como quiero. Miedos que, imagino, la mayoría de las personas tienen. Todos estamos llenos de miedos que en muchos casos nos paralizan frente a la posibilidad de fracasar, de sentir vergüenza.

El miedo es una de las emociones más básicas del ser humano y tiene un papel importantísimo: sobrevivimos gracias a él. Si no existiera, haríamos muchas cosas que nos causarían la muerte. Es por miedo que nos replegamos frente a situaciones peligrosas. Pero también está el gran salto que damos cuando logramos hacer algo que nos aterraba, vivimos una situación extraordinaria y apasionante, y podemos decir que enterramos ese miedo definitivamente. Suele suceder que el punto de mayor peligro es el momento de menos miedo y máxima felicidad.

No se puede vivir con miedo. Estoy segura de que Dios, el universo, la energía, o lo que sea en que creamos, pone las mejores cosas de la vida al otro lado del terror. Solo hay que atreverse y pelear por cruzar la frontera.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

berni_santacruz

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