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COLUMNA

Retomar mi identidad

Por 26 Nov, 2018

Dejar de caminar de un día para otro no ha derrumbado mis intereses ni sueños. Uno de siempre fue conocer el Desierto Florido. Lo pude hacer, con silla y todo, junto a una amiga extraordinaria con quien además acampamos en una playa. Así, no solo retomé mi fascinación por estar cerca de la naturaleza, sino mi compromiso con retomar mi vida.

Desde chica en mi casa ha sido un clásico salir de camping. Imposible olvidar esos veranos eternos en Playa Blanca, cerca de Tongoy, donde nos instalábamos con mis papás y hermanos en la arena o esas semanas recorriendo el norte en motorhome. Cuando salí del colegio me fui encantando aún más con la vida outdoor. Nunca fui especialmente deportista, pero sí descubrí en esos años cuánto disfrutaba subiendo cerros y recorriendo los hermosos paisajes de Chile.

Extraño mucho vivir todo eso de la manera en que lo hacía antes. Pero, de ninguna manera, me es imposible hacerlo. Uno de mis grandes pendientes de la vida era conocer el Desierto Florido y resulta que a menos de un año de mi accidente se anunció que ese fenómeno de la naturaleza sería particularmente especial. Yo, obviamente, no estaba cerca de estar ni física ni emocionalmente en la condición en que estoy ahora, pero me negaba a dejar escapar mis sueños debido a mi nueva realidad. Quedaba muy poco para las Fiestas Patrias y yo, que soy de idea fija, seguía con mis planes de partir al norte como fuera. Así que comencé a buscar quién quisiera sumarse a mis planes y dejar de lado las fondas y el carrete. Mi amiga Paula no lo pensó dos veces, a pesar de que ni ella ni yo dominábamos mi nueva condición ni tampoco nos sentíamos totalmente seguras de qué hacer en caso de que surgiera un problema. Pero decidimos que íbamos a “aperrar”. Agradezco su disposición hasta hoy. Experimenté la profundidad de su amistad y me enseñó que cuando una persona te ama hace lo que esté a su alcance para que las cosas buenas sucedan. De ese viaje nos acordaremos toda la vida.

El plan era llegar a Copiapó y quedarnos en un departamento que arrendamos durante tres días y, luego, partir a alguna playa cercana para acampar. Días antes de salir de Santiago me dio una infección en uno de los riñones, asunto que obviamente me preocupó, porque estas infecciones vienen acompañadas de un dolor y fiebre insoportables. Pero me encargué de tomar todos los resguardos y viajar sana y tranquila.

Finalmente llenamos el auto y partimos, aunque mucha gente pensaba que estábamos haciendo una gran locura. Tal como habíamos planificado, tuvimos nuestros días en Copiapó para luego dirigirnos al desierto y ver esos miles de kilómetros de cubiertos de flores de distintas especies y colores. Tres días que pasaron volando de reírnos de todo, de comer rico, de hacer picnic en paisajes maravillosos y tomar mucho vino.

Terminada esa aventura, comenzó otra: cargamos nuevamente el auto y partimos rumbo a la costa, sin destino. Bordeamos las playas y los campings estaban repletos. Hasta que, recién pasadas las seis de la tarde y sin saber dónde dormir, llegamos a una playa sin una sola persona. Ese fue nuestro lugar. Ahí “instalamos” la carpa. Lo digo entre comillas, ya que fue poco lo que pude hacer; pero la Paula con su energía inagotable se las arregló perfecto.

Ya con la carpa armada y el colchón inflado, por supuesto que nos hicimos un buen aperitivo con unas ricas piscolas para celebrar. Al otro día, al despertar, nos dimos cuenta de lo linda que era esta playa que teníamos sólo para nosotras. Nos la pasamos tomando sol y comiendo asado. ¡Sí, las mujeres también hacemos asados!  Después de dos noches, nuestro espíritu aventurero se fue a las pailas y, cansadísimas, decidimos volver a Santiago.

Desde que sufrí la lesión en la médula espinal, una parte de mí desea estar como antes y no vivir de esta manera en que me he visto obligada a hacerlo. Pero siempre hay opciones de cómo enfrentar la realidad y cómo canalizar la energía. Las mías son permanecer en rehabilitación para siempre o volver a unirme a la vida. Y elegí lo segundo. Por eso me animo a viajar con comodidades o sin ellas. Porque así lo hacía antes y así lo haría cualquier persona de mi edad.

Obvio que en la aventura nortina también experimenté la poca accesibilidad que tenemos en nuestro país, agoté mi cuerpo y mi energía y sufrí los dolores en mis piernas y en mi espalda que enfrento a diario hace dos años. Efectivamente no conocí el Desierto Florido como alguna vez imaginé, pero cumplí el sueño: estuve ahí, lo pasé increíble y repetiría la experiencia, sin ninguna duda.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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