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COLUMNA

De mechas y escondidas

Por 2 Dic, 2018

La nueva “paciente” solicitó un salón completamente solitario a nuestro columnista y respetado peluquero. No quería sentir en ella los ojos curiosos de extraños. Aunque el tema real de esta mujer era más profundo: no quería someterse a su propia mirada.

Foto: Tanja Heffner

El día que llamó a la pelu y agendó cita pasó algo inédito: marcó nuevamente y habló con Karina, mi asistente, esta vez lo hacía para asegurarse de que no habría nadie más en su hora elegida. Es decir, necesitaba reafirmar que en su sesión de peluquería estaría sola, algo común en mi espacio de trabajo, pero que al ser la primera vez que venía no tenía por qué saberlo.

Fue extraño y generó que me llenara de expectativas con esa desconocida que necesitaba toda la atención sólo para ella. Así comenzó esta nueva experiencia en mi especial universo de pacientes.

Fue un jueves de noviembre y su hora, las 17.00. Llegó con una puntualidad que siempre se agradece, la recibimos con el cariño acostumbrado algo, que noté, no la dejó indiferente. Sin embargo, su pelo en la cara no me permitía verla de manera clara; era una imagen bizarra.

Pasó a la estación de lavado para luego sentarse en mi sillón y vivir el cambio esperado.

Al comenzar mi trabajo tomé sus mechas mojadas peinando toda la cabellera hacía atrás. Recién ahí pude ver en su realidad a esta enigmática mujer que, llena de misterio hasta ese momento, escondía su cara.

Fue impactante, su piel tenía un acné severo. Y fue una imagen que nunca había visto de esa forma tan extrema.

Me miró tímidamente con sus grandes ojos negros, casi avergonzada. Y produjo en mí una compasión enorme, pude empatizar de inmediato con su realidad.

Alejandra era la asistente personal del patriarca de una de las fortunas más importantes de este Chilito disparejo. Dato que, sin lugar a duda, me hacía pensar en su gran capacidad y talento en lo que hacía.

Al preguntarle qué largo quería en su pelo, contestó: “Decídelo tú. Sólo pido que lo hagas y me cubra la cara“.

Respuesta inesperada y sorprendente para mí.

En ese momento pude sentir la fragilidad de mi nueva paciente y cómo en nuestra experiencia humana nos enfocamos en lo que nos falta sin ver lo que tenemos.

Así, en ese instante, recordé una historia que nos contó Isha, mi maestra espiritual, en su ashram de Costa Azul (Uruguay):

Pedrito celebraba su cumpleaños número 10 y sus padres le organizaron una preciosa fiesta llena de colores, payasos, música y alegría. Sin embargo, sólo llegaron nueve de sus invitados. Pedrito estuvo todo su cumpleaños lamentándose de que Juanito, su décimo amigo, no apareció, perdiéndose así la oportunidad de compartir con los que sí llegaron a saludarle y participar de su fiesta.

Es recurrente en muchos y muchas enfocarse en lo que nos falta y no en lo que tenemos. Eso fue lo que le hice ver a mi nueva paciente.

Sus grandes y bellos ojos negros, su brillante pelo caoba y su cuerpo esculpido por el mejor de los artistas renacentistas pasaban a segundo o tercer plano por sólo enfocarse en su piel llena de marcas producto de esta molesta enfermedad.

“Alejandra -le dije-, siempre soñé con tener piernas largas y dientes derechos como un comercial de dentífrico. Pero no me tocó, voy por la vida con piernas cortas y dientes chuecos. Y aunque en mi niñez y adolescencia fue tema para mí, hoy me puedo amar en la realidad de quien soy. Atrévete, no te castigues en la carencia, todos somos perfectos, exactamente como somos”.

Luego de un largo silencio me miró profundamente y, en un acto impredecible, se paró de mi sillón y me dio un largo abrazo lleno de gratitud y cariño.

Quizá regrese o quizás nunca más le vea, pero de lo que estoy seguro es que desde ese día su mirada frente a sí misma habrá de ser diferente.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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