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COLUMNA

De mechas y diversidad

Por 12 Dic, 2018

De miedos y prejuicios escribe nuestro columnista esta semana. Nos cuenta de una nueva “paciente” que llegó angustiada a su peluquería tras la confesión de su hijo sobre su homosexualidad. Ella temía por el futuro del joven, sin darse cuenta que la mayor protección para él estaba en su amor.

No dudo que ser madre es una tarea nada de fácil, más aún cuando no existen escuelas donde aprender cómo hacerlo y sólo deben apelar a su amor, intuición, ética y sentido común. Por esto se me hace tan fácil empatizar con mujeres que, atrapadas en su propia experiencia de vida, intentan hacer lo mejor con la educación de sus hijos sin traspasar sus propias carencias con aquello que les tocó vivir con sus padres.

Si bien los tiempos han cambiado, es una realidad que Chile -dada su geografía- continúa siendo un pequeño pueblo aislado de la globalización del planeta. Por el norte nos atrapa el desierto, por el sur la Patagonia, al este la cordillera y al oeste un Pacifico que, como dice nuestro himno nacional, tranquilo nos baña. Sin embargo, este encierro también se refleja en la pequeñez de nuestras mentes llenas de juicios y prejuicios. Enfocándonos muchas veces en el qué dirán, la imagen y bla, bla, bla.

Digo esto porque en este último tiempo se ha repetido que a mi pelu lleguen mujeres tremendamente removidas por la confesión de algún hijo que, intentando salir del closet, cuentan a sus madres que son homosexuales o, más bien gay. Traducción que no entiendo porque la verdad es que de alegres nada, pues lo hacen desde el tormento por lo difícil que es vivir de una forma diferente en un lugar como éste, tan castrador y enjuiciador.

Aunque aparentemente los chilenos están más abiertos en la diversidad, no menos cierto es que un gran número de ellos/as se apanican frente a la diferencia. Y no sólo con los chicos y chicas que gustan de su mismo sexo, sino que también con los afroamericanos, con personas con síndrome de Down, con aquellos de capacidades diferentes, etc.

Chile es un país donde todo lo que nos saque de las normas nos conecta con el miedo y la descalificación.

Así es como lo escucho en mi sillón de trabajo: mujeres atormentadas al descubrir que tienen hijos que rompen con lo que se supone ‘normal’.

Eso le sucedió a mi querida paciente Nelda, una importante international business woman, a quien recibo en mi espacio de trabajo dos veces al año. Lo hizo como acostumbra, a su hora: la última de la jornada de la mañana.

No fue difícil adivinar que esta vez estaba removida internamente y que, ahogada con lo que estaba viviendo, apenas se sentó en mi sillón y con sus ojos llorosos me contó lo que sentía:

Ayer mi hijo me dijo que era gay. (Nelda estaba quebrada por la confesión de su primogénito).

– ¿Qué sientes?, le pregunté.

Tengo miedo de que sufra y que su entorno le haga bullying, que no lo acepten o se rían de él.

Cuando me lo decía era inevitable verla como una niña atemorizada por lo que, supuestamente, su hijo Felipe habría de vivir. En ese momento recordé una bella historia de Virginia, otra madre y paciente de la pelu que también vivió una historia similar.

El hijo de Virginia tenía 23 años, un guapo estudiante de derecho. Un día la citó a un café porque debía contarle algo fuerte. Aunque ella lo intuyó siempre, entendía el nerviosismo del joven porque, atrapado en su realidad, no sabía cómo enfrentarla ni cuál sería su reacción cuando él le señalara que sentía atracción por los hombres y eso lo hacía homosexual.

Una vez sentados en el café, Pablo dio una y mil vueltas con palabras sin atreverse a enfrentar a su mamá con su realidad. Luego de largos minutos brotó de su boca, casi como un vomito:

Madre, debo confesarte algo muy importante… -se produjo un largo silencio y, con voz entrecortada, continuó-. Mamá, soy homosexual.

Virginia lo miró largamente a los ojos, tomó sus temblorosas manos y le respondió:

Hijo, yo también debo confesarte algo tremendamente importante y es necesario que lo sepas -Pablo, intrigado frente a lo que su mamá podría de decir, nuevamente se vio en un largo silencio hasta que ella siguió- Hijo querido…, yo soy heterosexual.

La reacción de Pablo fue de un llanto catártico que terminó en tal nivel de carcajadas de madre e hijo que hicieron vibrar los ventanales de aquel café. Las mesas vecinas los miraban sin entender que sucedía.

Este es el mensaje para Nelda: cuando vivimos nuestra realidad enfocados en la mente, nos llenamos de temores, limitaciones y chicharra. Sin embargo, cuando vivimos anclados en nuestro corazón y en nuestro espacio más íntimo de amor todo es perfecto, exactamente como es.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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