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COLUMNA

De mechas y reflejos

Por 9 Ene, 2019

En días de confusión planetaria, inconsistencias y violencia, nuestro columnista y nos impulsa a “hacernos cargo”. No esperar que otros tomen liderazgos, sino que cambiar el juego social desde el lugar que cada uno tiene en este mundo.

De mechas y reflejos Foto: Vince Fleming

Lo único cierto es que estamos siendo actores y testigos de profundos cambios en la humanidad, momentos potentes donde nuestras referencias de siempre poco a poco se han ido desmoronando como una gran torre de arena.

El mundo político, religioso y de orden nos han mostrado su cara más oscura, dejándonos como parias a la deriva de esta corriente que nadie sabe hacia dónde nos lleva.

Qué hacer en este mundo tan convulsionado, a quién creer si los discursos cada vez pierden mayor validez.

Hay demasiadas palabras que no tienen relación con tanto acto inconsecuente e inapropiado que sólo llegan a sumar desconcierto de tantos buscadores que han perdido su norte.

Es verdad, la locura colectiva hace su entrada como un apocalipsis que tarde o temprano habría de llegar.

Las viejas estructuras caen por su propio peso, ya no hay tiempo de continuar en esta venta de pomadas que a nadie sirve, sólo a unos pocos que en nombre de la ‘verdad’ han hecho lo que les ha dado la gana pasando por sobre su propio mundo valórico.

Sin embargo, es tanta la luz que está recibiendo el planeta que ya nada ni nadie se puede ocultar. Es imposible esconderse a los ojos de la humanidad. Ha llegado el momento de dar vuelta a la tuerca. Es el instante histórico en cada uno de nosotros de comprometernos a convertirnos en mejores seres humanos, entendiendo que es nuestra responsabilidad.

Ya no hay tiempo de esperar que sea ‘el afuera’ quien se encargue de dar solución a nuestros conflictos y problemas. Somos nosotros quienes debemos escuchar nuestra voz interna. Rompamos las ataduras de nuestra dinámica, es el momento de cambiar esta eterna adolescencia negándonos a crecer, negándonos a vivir nuestro compromiso de adultez.

Siempre es más fácil echarle la culpa a los otros de lo difícil que nos pueden resultar nuestras experiencias. Es aquí y ahora la instancia en que debiéramos permitir nuestro personal e íntimo acto de contrición: Qué estoy haciendo mal, qué he dejado de hacer, de qué forma ayudo para que este mundo cambie, cuál es mi responsabilidad frente a este caos mundial… No hay más escuela que partir desde nuestra propia sanación, así ha sido mi camino.

Si yo sano, sumo en un mundo sano. Si soy feliz, irradio felicidad en mi entorno impulsando a otros para serlo también. Si me anclo en la consciencia ayudo a crear una sociedad más ecuánime y justa.

Es el momento de darnos cuenta de que todo lo que nos molesta del ‘afuera’ no es más que nuestro propio reflejo. Vivimos en este gigantesco concierto de espejos, donde todo lo que nos incomoda, lo enjuiciamos, lo castramos, lo borramos.

Lo que de verdad aporta es anclarnos en el amor por nosotros mismos y por los demás: amar nuestro trabajo u oficio, nuestras parejas, amigos, familias, nos guste o no la que nos tocó. Amar nuestras virtudes y defectos, nuestras limitaciones y capacidades.

Son los tiempos en que debemos abrir las puertas de nuestro corazón para vibrar en la más alta frecuencia, llenos de luz para aportar desde nuestra propia evolución al crecimiento y desarrollo de nuestro planeta Tierra.

Que así sea.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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