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¿Cómo viajo?

Por 20 Ene, 2019

¿Subirse a un avión con silla de ruedas? ¿Seguir soñando con conocer el mundo? Se puede, pero se podría mejor y con la dignidad que todos merecemos si las normativas se cumplen y se diseña infraestructura inclusiva.

¿Cómo viajo?

Retrocedo dos años: días antes de que me dieran de alta en la clínica, mis hermanas querían regalarle un viaje a mi mamá para que descansara. Después la idea cambió a que una de mis hermanas viajara con ella, hasta que finalmente nuevamente cambiaron los planes para que fuéramos todas las mujeres de la familia.

Una de mis hermanas llegó a la clínica y me preguntó si me animaba a unirme. La idea era ir a San Pedro de Atacama, lugar que las cuatro, incluida mi mamá, conocíamos, para alojarnos en un rico hotel que nos permitiera descansar. En un principio dije que no. A pesar de que me lo pidió de todas las formas posibles, yo estaba pronta a volver a mi casa después de meses y quería poner el foco en adaptarme a mi nueva realidad.

Revisando más profundamente mis razones para negarme, no era menor que ese fue el lugar al que fuimos con todas mis amigas dos meses antes del accidente y el solo hecho de pensar en cómo iba a subirme a un avión con silla de ruedas hacía que retrocediera en mis ganas. Mis hermanas y las enfermeras de la clínica finalmente me convencieron.

Partimos sin tener idea de cómo sería abordar el avión. Para el check in, el protocolo supone una fila especial para personas con discapacidad, tercera edad, futuras madres, niños y personas con mascotas. Una fila para todos ya sea vuelo nacional o internacional. Es decir, de agilidad en el trámite ni hablar. Sí hay una fila especial en Policía Nacional, destinada para gente en silla. Luego viene el detector de metales, pero para personas en mi condición se realiza un registro. Me he topado con distintas metodologías. Por lo general, han registrado la silla y a mí aplicando por distintas partes de mi cuerpo como espalda, piernas y silla, un papel que luego es usado en un scanner que detecta o descarta la presencia de drogas y explosivos.

Una vez cumplidos esos procedimientos, llegué al avión sin manga: había que subir por la escalera. Esperamos que todos los pasajeros ingresaran para que instalaran un aparato tipo grúa que llaman oruga en el que se engancha la silla y la sube. Todas estábamos medias nerviosas, aunque terminamos riéndonos de la situación.

Ya arriba, uno de los asistentes de la tripulación me tomó en brazos y me sentó en primera fila, como indica el protocolo por motivos de seguridad, aunque me ha pasado tener que usar cualquier asiento, vaya a saber uno porqué. Sobreventa de asientos, supongo.

En el caso de que el avión tenga manga, quienes usamos silla sí podemos entrar primero (aunque no siempre se cumple), y se puede llegar hasta el asiento con una silla especial, llamada silla de pasillo que está diseñada para transitar por esos estrechos pasajes. Es la misma que se usa para ir al baño que, en el caso de los aviones grandes, pueden ampliarse usando unas cortinas o biombos. ¿Qué pasa con la mía? Queda guardada en la bodega del avión con el resto del equipaje.

Una vez que aterrizamos fui la última en poder bajar. En tierra comenzó un viaje lleno de logros, un pequeño autodescubrimiento y algo de mejora. La experiencia de volar no fue terrible como imaginaba; al contrario, resultó mucho más simple. Desde entonces he viajado varias veces y he sido testigo de cómo mucha gente ‘de edad’ -que se moviliza perfectamente y no requiere de ningún tipo de asistencia- hace uso de la fila reservada para personas con problemas y pide asistencia de silla, entorpeciendo el trámite de quiénes sí necesitamos. Y hay casos extremos, como el de la mujer chilena tetrapléjica que compró un pasaje en business y sólo en el avión supo que su asiento estaba en el segundo piso. La aerolínea se negó a subirla, lo que la obligó a viajar en turista, acostada a lo largo de tres asientos. Pensé que era mentira cuando mi kinesiólogo me lo contó. ¡Una vergüenza! Diez horas estuvo acostada sin moverse y sin cinturón de seguridad.

Creo que es importante saber que no porque vivamos sentados significa que el avión se nos hace cómodo. Todo lo contrario, esos asientos estrechos significan pasar horas con dolores y, además, sentada incómoda. Si a ustedes que no usan silla ya se les hace desagradable los asientos de los aviones, les aseguro que a mí se me hace el doble de molesto.

Amo viajar y conocer otras culturas y estar en silla no me lo ha impedido, a pesar de que no siempre se siga la normativa para personas con discapacidad. Que se cumplan es urgente. No puede ser que la falta de sensibilidad nos arrebate la posibilidad de mantenernos activos y conectados con el mundo. Es primordial que seamos considerados cuando se hacen aviones, aeropuertos y accesos. Se agradece con muchísimo cariño vivir una buena experiencia y dan ganas de seguir viajando.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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