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De mechas y rapadas

Por 24 Ene, 2019

Nuestro columnista nos detalla su viaje a París para ver a una amiga de cabellera eterna. Pelo que, en contraste, su pareja iba perdiendo por un agresivo cáncer. Un contrapunto que decía algo mucho más profundo de la pareja.

De mechas y rapadas

Aquella vez la vida me llevó a Ivry-sur-Seine, un barrio de anarquistas europeos que en épocas de posguerra habían llegado a París arrancando de la hambruna que se había apoderado de gran parte de ese viejo continente. La razón de ese viaje a Francia fue visitar a una gran amiga que pasaba por momentos de máxima fragilidad, necesitando apoyo y contención.

Hacía poco a su compañero, un actor del teatro Châtenay-Malabry, le habían diagnosticado un cáncer con muy mal pronóstico. Eso la tenía en un estado de gran confusión.

Cuando Aurore me abrió la puerta de su casa nos dimos un abrazo fuerte e interminable. Ambos necesitábamos reafirmar cuánto nos queríamos.

Recuerdo ese momento con nitidez y lo que más llega a mi memoria fue el extraordinario largo de su pelo –más abajo de su cintura-. Si bien Aurore es latina, fue imposible no sorprenderme. Algo había tras eso que era necesario para mi saber.

Una vez instalado en su casa, tomé una ducha para sacar el cansancio de mi cuerpo luego de tan largo viaje. Ya listo, invité a mi amiga a tomar un café. Era necesario escuchar su historia.

Salimos. Era otoño y los árboles de París vestían de amarillo, burdeo y café, que hacía ver una ciudad ocre y nostálgica. Mientras caminábamos pisando crujientes hojas que morían hasta la próxima primavera, Aurore comenzó su relato.

Gérard, su pareja, por esos días recibía quimioterapia para su enfermedad, y esto repercutía fuertemente en su relación de pareja. El sentía internamente una rabia enorme por lo que estaba viviendo y, obviamente, ese estado se extendía a su intimidad.

Mi amiga estaba confundida, no sabía cómo enfrentar esta situación y el enojo de Gérard se traducía en un mayor alejamiento entre ellos.

¿Qué hago? -me preguntaba-, ¿cómo sostengo algo que para mí es insostenible?, se repetía una y otra vez mientras desde mi silencio intentaba encontrar respuesta.

En un momento ella se quebró y, mirándome fijamente, me dijo:

Sabes, lo más fuerte de todo esto es que ya no amo a Gérard. Estoy desesperada y no sé qué hacer. Me sentiría una malvada dejarlo justo en este momento de su vida.

La verdad es que en ese instante mi silencio fue mi mejor aliado. Sentí que era una situación muy delicada como para opinar.

Regresamos a casa sin hablar, sólo la humedad en sus ojos me hacía ver lo fuerte de esta historia.

Una vez en casa nos tiramos en un ancho sofá de color azul, ahí nos quedamos sin movernos por no sé cuánto rato. Fue el timbre el que nos sacó de ese estado catatónico. Era la ambulancia que traía de regreso a Gérard luego de su sesión de quimio, venía agotado y me impactó su delgadez. Nos saludamos como buenos amigos y continuó rumbo a su cama.

Al otro día nos juntamos en su comedor para desayunar, Aurore en pijama con esas eternas mechas disparadas, algo que sólo se permite mostrar entre amigos de mucha confianza. Gérard y yo. Conversamos de todo menos de su cáncer, creo que no era necesario.

Mientras continuaba nuestra charla pude observar que tenía grandes pelones en su cabeza resultado de su tratamiento, a lo que le sugerí pelarlo. De esa manera sería menos violento e impactante para él y su familia, algo a lo que él accedió inmediatamente.

Sacar ese pelo enfermo fue bueno y la verdad es que el resultado fue mejor de lo pensado. Una vez terminado se miró al espejo y hasta una sonrisa pude visualizar en su rostro.

Recuerdo que ese día hasta se animó para organizar una cena intima en su casa para recibir a sus compañeros de la compañía de teatro. Así fue, al atardecer comenzaron a llegar uno a uno. Al ver a su amigo totalmente rapado, y en un acto de amor y compañerismo, me pidieron si podía rapar a cada uno de ellos.

Ni siquiera lo pensé, sentí que era un gran acto de solidaridad de parte de ellos frente a lo que vivía Gérard.

Una vez que pelé al último esa casa se llenó de risas y buena onda. Terminamos en un bajativo brindado por la vida con un exquisito vino negro y los mejores quesos de la Ciudad Luz.

Nunca me di cuenta de que Aurore había desaparecido de tan grata reunión. Comencé a buscarla por casa sin poder encontrarla, hasta que abrí la puerta de su baño y allí estaba, mirando su reflejo en el espejo completamente rapada mientras sus mechas descansaban en el piso como una alfombra negra.

Había tomado mi máquina eléctrica para cortar su pelo y se había sumado a este alucinante acto solidario.

La verdad es que mi lectura de ese momento fue reconocer el amor en cada acto humano y esto no fue la excepción.

Ha pasado el tiempo, hoy Gérard vive sano y feliz y Aurore pudo darse cuenta de que no era falta de amor lo que lo separaba de él, sólo era el miedo y la  incertidumbre de lo que habría de pasar.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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