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COLUMNA

Las miradas

Por 28 Ene, 2019

Chile es un país de miradas. Es lo que he concluido. Miradas que juzgan y dañan.

Nunca he sido de hablar mucho sobre lo que me pasa. Me cuesta. Si estoy mal, prefiero llorar sola. Cuando era chica, mi mamá me decía que hablaba con los ojos. Que se me notaba en la mirada cada vez que mentía y, efectivamente, me pillaron con una de las cosas que inventé, como las miles de veces que me escapé de la casa por la ventana. Lo mismo si estaba triste o contenta: mis ojos me delataban. Y no era sólo mi mamá la que me leía perfectamente. Cualquier persona observadora era capaz de hacerlo. Es tal vez por eso que en mi relación con los demás suelo buscar en los ojos las respuestas de cómo se sienten las personas.

Chile es un país de miradas. Es lo que he concluido. Miradas que juzgan y dañan. En mi caso, desde hace dos años, miradas incómodas porque cuando sufrí una simple caída, en vez de quebrarme un pie, me lesioné la columna y no puedo caminar. Miradas incomodas si ven una pareja homosexual de la mano. Miradas recriminadoras hacia una persona delgada o gorda. Y podría seguir eternamente.

La gente mira y piensa que su mirada no importa, que no tiene consecuencias, que no se nota. Pero si esa mirada discriminadora, de impresión, de exagerada curiosidad se multiplica por cientos, situaciones cotidianas se vuelven incómodas, desagradables y hasta dolorosas.

Frente a una pareja gay que ha conquistado no sólo el amor, sino el espacio de libertad para manifestar ese sentimiento, ¿no debiésemos sentir orgullo y felicidad? Ese sentimiento transmitido hacia esas dos personas, ¿no provocará algo positivo en vez de amargura innecesaria?

Mis hermanas arden de rabia cuando son testigos de cómo me observan ciertas personas. Como si yo fuera un ser extraño o cuando rehuyen mirarme porque pareciera que mi existencia les incomoda demasiado.

“¡Qué mirai!”, he escuchado decir varias veces a mis hermanas menores –de 23 y 24 años – cuando las tres hemos sido testigos de estas situaciones en espacios públicos como la calle o un mall. No puedo evitar reírme en cada oportunidad que lo hacen porque la gente, en vez de enfrentar el comentario, corre la mirada y sale arrancando. A mí ya no me importa, pero las amo por protegerme y defenderme. Además, entiendo que ese desprecio les duele, como también le ocurre al resto de mi familia y a mis amigos.

Esas miradas de desprecio, es decir, agresivas, no son más que el reflejo de un pobre desarrollo humano y personal. Mirar desde el prejuicio. Mirar desde la poca o nula curiosidad de intuir que cada persona es un universo y libra su propia batalla. Mirar desde la soberbia de que se es mejor e inquebrantable. Qué limitada manera de mirar. Qué manera más inútil de desperdiciar la vida.

No todo es lo que vemos con los ojos, siempre hay más. Hay que aprender a ver.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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