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COLUMNA

De mechas e histeria

Por 30 Ene, 2019

El prestigioso peluquero nos cuenta en su columna de su experiencia trabajando en la creación de personajes para cine. Del arte, del ego, la imagen, de la locura y el amor.

De mechas e histeria

En varias oportunidades he sido invitado por directores de cine a realizar los pelos de los personajes que ocuparán en sus filmes: Wood, Silva, Errázuriz, Caiozzi, entre otros. Hasta tuve la oportunidad de trabajar con Daniela Vega en su primera película –La visita-, del realizador Mauricio López, cinta que, si bien en Chile pasó sin pena ni gloria, para mí haber participado para ella fue una experiencia inolvidable, si incluso nos cantó un trocito de la ópera Carmen, haciendo retumbar con su potente voz mi peluquería.

Esta vez fue Tania Gaviolini la directora que pensó en mí para su última película. El casting de estrellas fue máximo. Grandes actrices de la escena nacional serían quienes llevarían a la pantalla una historia de amor entre una mujer mayor y su galán, un joven y guapo amante. El se habría de apoderar del corazón de esta madura protagonista necesitada de vivir y reivindicarse en su hembra interna.

Una de las partes más interesantes y entretenidas en estos trabajos es el estudio de personajes, desde donde aparece la imagen para enfrentar el papel, algo que traigo en mis genes desde mi época universitaria en la escuela de teatro.

El tema de la cinta me pareció muy atractivo, sobre todo para develar en este Chilito tan prejuicioso que las mujeres grandes sí se pueden enamorar de jóvenes mancebos y, además, ser felices.

Así fue. Ya elegidos los pelos para el elenco, nos pusimos a trabajar duramente. Una a una fueron pasando por mis manos las artistas, transformando de esta manera su imagen y revelándose de a poco esa metamorfosis alucinante que sólo se da en el arte.

Independiente de haber sido un trabajo arduo e interesante, crear para actrices no es algo fácil. Si bien siempre he sentido que tras un artista hay un ego feroz, no menos cierto es que ese ego es lo que les hace geniales y únicos.

Así fue aquella vez cuando tocó el turno de crear el look que necesitábamos para la protagonista. Tuve que cortar su pelo y pintarlo oscuro, era necesario para dar más dramatismo a su personaje, algo que propuse previamente y que  acordamos en equipo.

Una vez terminado el trabajo, Carmen, la estelar, se vio al espejo y su reacción fue algo inesperado para todos. Nada de lo que le había hecho le gustó. Se sentía vieja y fea, a lo que desde mi máximo tino intenté explicarle que era necesario para esta película y que si bien no le gustaba, en esa oportunidad era otro el barómetro con lo que se debía medir el resultado. Explicación que para ella no tenía validez.

Fue necesario una larga conversación con Tania, la directora. Finalmente, acordamos volver a pintar su pelo ocupando otros tonos y colores.

Cuando terminé de poner la pasta sobre su cabeza, Carmen comenzó a ver su reflejo en el espejo y, sin más, enloqueció como una adolescente a quien le habían hurtado su más preciado tesoro.

Yo no lo podía entender, si ni siquiera el trabajo estaba terminado. Todavía era necesario lavar y secar su pelo para ver el resultado final. Estábamos todos muy nerviosos intentando sacarla de ese momento emocional tan fuerte e inapropiado.

En medio de su locura comenzó a mover su cabeza fuertemente de lado a lado como que estuviera en un trance del que no podía escapar y nosotros atónitos con su reacción, sin poder entender qué estaba sucediendo, por qué se permitía tan descontrolada actitud.

Con sus fuertes movimientos de cabeza fue ensuciando las blancas murallas de mi pelu, dejando chorrear la pasta del tinte como una miel de alguna abeja enloquecida que -desde sus amorfas formas que el néctar dibujaba sobre las murallas- denunciaba su frustración viéndose en la vejez que representaba.

Fue algo nunca antes visto, el personaje de Carmen se apoderó de ella, viviendo su inseguridad de enfrentar el amor con este fogoso joven que sólo sabía de amar. Pasó un largo rato para que esta mujer volviera a su centro. Hasta un vaso de agua tuvo que tomar para calmar su excitación.

Así entendí que la locura está a la vuelta de la esquina y que siempre es necesario estar atento a las fronteras. Y que sea cual sea el rol que nos toque representar en esta gigantesca obra de teatro que es la vida, si lo hacemos desde el corazón y no desde el ego, nunca nada nos habrá de pasar. Que si es de joven o viejo, qué más da, cuando hacemos nuestro oficio desde el amor, es el segundo mágico para vibrar en nuestra máxima expresión.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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