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COLUMNA

Yo soy una millennial

Por 12 Feb, 2019

Los millennials somos los nacidos entre 1981 y 1993. Ya sea porque somos jóvenes -un grupo siempre cuestionado- o porque tenemos características especiales nos llueven las críticas por nuestra forma de vivir, trabajar y abordar el futuro.

Yo soy una millennial Foto: Francisco Rocha

Comparto con mis amigas y amigos de mi edad sentirnos cuestionados permanentemente por los mayores, por los más diversos motivos:  que tenemos demasiadas aspiraciones, que anhelamos crecer profesionalmente muy rápido, que no nos comprometemos con nada, que pensamos sólo en nosotros, que pensamos demasiado en el presente y casi nada en el futuro, que vivimos a través de una pantalla y somos incapaces de establecer una comunicación frente a frente.

Es difícil decir qué hay de ‘cierto’ es estas aseveraciones que escucho tan seguido, pues dependen del punto de vista generacional y cultural. Sí reconozco que mis papás -que bordean los 60- se han sacado las cresta trabajando desde muy jóvenes para darnos todo a mis hermanos y a mí. A mi edad, además de estar encaminados en sus respectivas carreras, ya tenían hijos y muchas responsabilidades que yo no. Entiendo, entonces, que les debe chocar vernos “webiando” y lejos del matrimonio. Sé, también, que de a poco se han ido dando cuenta de que tomar otro camino no es sinónimo de irresponsabilidad o liviandad.

La búsqueda de la estabilidad laboral es una enorme diferencia entre la generación de mis padres y la mía. Suelo escuchar que no nos comprometemos con una pega y que después de un año en un cargo aspiramos a un aumento de sueldo o a emigrar a otra empresa o irnos de viaje, en contraste con un tipo de trabajador que comenzaba y terminaba su carrera en un mismo lugar, sin pausa alguna. No puedo imaginarme en un escenario como ese. Me gusta aprender constantemente, buscar nuevos objetivos, moverme y creo fervientemente en que el mundo no se acaba en una oficina. Veo sin miedo, a diferencia de los adultos que conozco, múltiples opciones donde desenvolverme.

No se trata sólo de reconocer los privilegios que tengo, y que los reconozco y agradezco, sino de saber que pertenezco a un mundo en el que inventar cómo arreglárselas con un celular está bien visto y es posible. Tampoco le tengo gran susto al fracaso, palabra que parece terrorífica para muchos. Por el contrario, considero que es parte del viaje. El verdadero fracaso para mí es no darle espacio a mis intereses y a mi bienestar físico y emocional.

¿Cuántos almuerzos familiares, salidas con sus hijos, viajes en patota y espacio para la pareja dejaron escapar nuestros padres por estar arriba de la máquina imparable del trabajo? Obvio que aspiro a ser buena en lo que hago, pero no a cualquier costo.

Escucho cómo mis pares se quejan cuando en sus oficinas los mayores les recriminan “te falta experiencia”, “eres muy chica aún”, “necesitamos alguien con algunos años más que tú”. ¡Qué injusto me parece en tantos sentidos! Somos una generación con un nivel de información sobre el uso de las nuevas tecnologías superior a todas las anteriores. Es más, me atrevería a decir que el mercado gira entorno a los millennials y el uso y alcance que le damos a esa tecnología, quebrando ese viejo paradigma que indicaba que la única manera de alcanzar un alto cargo era tener miles de estudios universitarios. Hoy sabemos que en su dormitorio y con su tablet, un millennial puede armar su propia empresa y ser su propio jefe. En el otro extremo está la televisión abierta, con los mismos de siempre, sin espacio para nuevas cabezas y hundida en la peor crisis creativa y financiera de su historia.

¿Por qué me apasiono tanto con el tema? Nací en 1991. ¡Cuántas veces escuché a mis papás decir: “Bernardita, piensa en tu futuro, trabaja. En la vida uno no sólo lo tiene que pasar bien”.

A mis padres les costó años años entender que yo trabajaba. Trabajaba diseñando zapatos y vendiéndolos a través de Instagram sin tener que moverme de mi casa. No comprendían que eso era un trabajo. Hoy agradezco esa seguridad que tuve para enfrentar tantas dudas a mi alrededor. Trabajaba y trabajaba feliz.

Entiendo que para ellos debe haber sido preocupante que su hija de 21 años abandonara una carrera universitaria para vender zapatos, mientras el resto de mis hermanos siguiera el “buen camino”.

¿Por qué me apasiono tanto con el tema? Porque me parece positivo y saludable que las personas valoremos hacer lo que nos gusta: la vida al aire libre, estar con los amigos, concentrarse en el presente para desde ahí -y ojalá con el mínimo de ansiedad- proyectarse al futuro.

Como respuesta a la generación anterior, me parece que los millennials estamos comprometidos con hacer lo que deseamos y no ser la sombra de lo que fueron y lo que quieren de nosotros nuestros padres.

 

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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