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COLUMNA

Irrupción de la intimidad

Por 30 Abr, 2019

Nunca había estado expuesta a algún robo o asalto, por eso me sentía lo más confiada del mundo. Confiaba en la gente. Algo que se truncó hace un par de semanas, cuando me tocó vivir con mi familia una experiencia que generó un nivel de sensaciones nuevas que nunca imaginé.

Foto: Francisco Rocha

El domingo de Semana Santa con mi familia volvimos de la playa muy temprano porque no me encontraba bien de salud. Al llegar a Santiago partí directo con mi mamá a la clínica. Mi hermana chica, mi sobrino de 6 años y mi papá se fueron a mi casa. Estábamos en Urgencias cuando recibimos una llamada de mi hermana llorando y nerviosa. Gritaba que habían entrado a robar. No quise llamar a mi papá, quien frente a situaciones como ésta suele tener reacciones tragicómicas.

No supimos qué día o a qué hora entraron, pero dejaron la casa estaba dada vuelta; todo tirado, desordenado y sucio.

Aunque suene cliché, las cosas que robaron son lo de menos -en su mayoría reemplazables o dispensables-. Sí me importó más aquello con un valor sentimental. Pero la sensación de vulnerabilidad e invasión que queda al pensar que alguien entró en tu casa y se metió en tus cosas te provoca sentirte violada.

Es inevitable preguntarse dónde estuvieron esas personas en mi casa, cómo entraron. Y, obviamente, si nos habrán espiado antes. Que se irrumpa sin permiso en tu intimidad es fuerte y gatilla otro sentimiento, el peor de todos: la desconfianza.

Así se abre espacio a la paranoia. Te pones a pensar que fue el ‘dato’ de alguien. Escuchaba a una de mis hermanas que decía: “¡Ah…, el señor que vino a arreglar el lavatorio!”. Otro revelaba otra sospecha: “No, alguien de la construcción de la esquina”. Así se sumaban más personas: “Creo que debe ser esa señora que trabajó en la casa”.

En fin, más allá de este incidente, perder la confianza es triste y produce una soledad tremenda.

En mi vida he pasado por momentos en los me he sentido traicionada. He dejado de confiar y ha generado ese dolor inexplicable entre pena y rabia, de pérdida. Independiente de lo que se pueda perdonar para continuar con una amistad, esa grieta queda y no desaparece nunca.

Con este robo me pasó lo mismo con la gente. Perdí la confianza con la persona que me cruzo en la calle, con aquel —probablemente honesto— que va a hacer algún trabajo a mi casa. Ahora me cuesta creer en el otro y me duele en el alma esta sensación, porque yo necesito en muchas ocasiones del otro. Tengo que pedir ayuda a quienes no conozco y, quizá, dependo más que el común de la gente de terceros.

Pero todos dependemos de todos. Por eso, con tristeza, me doy cuenta cómo la delincuencia agrieta las confianzas en una sociedad. Y eso resulta en que se califica y condena a la gente por su apariencia, dónde viven, cómo hablan. Y además de los asaltos, cada día nos enteramos de otros robos, más grandes y elegantes: los que realizan los ladrones “de chaqueta y corbata”. Y así sigue ese sentimiento de desconfianza, de violación.

Soy una persona optimista. En muchos sentidos veo que nuestra sociedad avanza por buen camino. Todavía quiero creer que el mundo es bueno, que las personas son buenas y que sólo algo no estamos haciendo bien.

La delincuencia —en todas sus dimensiones— es un problema que nos incumbe a cada uno de nosotros. Por eso, pienso que en vez de seguir construyendo muros eléctricos y llenando las calles de cámaras deberíamos pensar en qué podemos hacer para evitar un robo. No me refiero a contratar a un guardia, si no que a involucrarnos más con el de al lado para recuperar las confianzas y no terminemos presos en nuestras propias casas.

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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