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COLUMNA

Lo que aprendí de Ana Frank

Por 1 Jul, 2019

Lograr desarrollar nuestro mundo interior es lo más importante para poder sobrellevar el mundo exterior.

Lo que aprendí de Ana Frank

El pasado 12 de junio leí que Ana Frank habría cumplido 90 años.

Cuando chica era, como decimos en Chile, bien “porra”. Siempre lo fui, hasta en los cursos más básicos. Y la materia de Lenguaje y Comunicación es como si no la hubiese tenido nunca, partiendo por mi ortografía que muchas veces es indigna. Nunca me interesaron los libros que nos imponían a leer en el colegio, siempre recurría a buscar un resumen en internet o que alguna compañera me lo explicara 10 minutos antes de la prueba. Hasta que llegó el día de lectura libre, cosa más buena. Mi primera elección fue El diario de Ana Frank, que a mi mamá le encantaba.

Quedé media obsesionada con su historia por lo que me leí cada título derivado de ese diario. Como mi preferido: Mi amiga Ana Frank, de Carol Ann Lee. Ese libro lo leí a los 16 años, me encantaba saber sobre el Holocausto en la Segunda Guerra Mundial, ya que es una parte de la historia que nos impacta a todos. Y este texto me transportaba a ese momento tan cruel de la historia.

Ana Frank, su diario y los libros que se han escrito sobre ella nos muestran una historia verídica que revela las mayores atrocidades del siglo XX, haciéndonos sentir la crueldad de esa época. Nos hace darnos cuenta nuevamente que nuestros problemas a veces son más pequeños de lo que creemos.

¿Pero hoy existen otras Ana Frank? Estoy segura de que sí.

Creo que hay muchas cosas pasando en el mundo que hace que mi respuesta sea sí. Existen tantos testimonios, igualmente reales y conmovedores sobre el propio Holocausto. Como también sobre otras terribles situaciones como hambrunas, migraciones, guerras que nos llevan a pensar que hay otras Ana Frank en el presente.

Muchos de esos relatos tienen detrás a jóvenes desconocidas, otras han sido reconocidas, como Malala. Esta admirable pakistaní, a los 12 años, escribía un blog clandestino defendiendo el derecho a educación de las niñas -prohibida por los talibanes- y terminó recibiendo un tiro en la cabeza. Ella, hoy un modelo de vida en todo el mundo, obtuvo el Premio Nobel de La Paz a los 17 años.

Al igual que la historia de Malala, me llama la atención que en el caso de Ana Frank se trataba de una niña como cualquier otra adolescente de su edad: con sueños, dudas, inquietudes, sentimientos, relaciones difíciles etc.

Y, a pesar de vivir en esas circunstancias tan difíciles por el miedo y el encierro que sufría, Ana sacó a relucir lo mejor y lo peor del ser humano. Y también fue capaz desarrollar tal mundo interior que pudo seguir viviendo y mantener ilusiones.

En uno de los párrafos de su diario dice: No quiero haber vivido para nada… Quiero ser de utilidad y alegría para los que viven a mi alrededor, aun sin conocerme. ¡Quiero seguir viviendo, aun después de muerta!

Me reflejo en ella en ese último aspecto, con mi accidente se me quebro mi mundo exterior, yo tengo que adptarme a él de otra manera, ser capaz de saber que no tengo piernas vivas, que no puedo sentirlas de nuevo y que vivo de manera diferente. Pero también y más duro se quebró mi mundo interior.

Ana Frank desarrolló su mundo interior para sobrevivir al exterior, que es lo mismo que trato de hacer yo y muchas otras personas que superan las trabas que les pone la vida. Reinventar mi interior para poder vivir y ser parte de lo que pasa afuera.

Ella y muchas otras mujeres nos enseñan que lo malo que nos puede pasar no nos puede botar. Nos dejan como lección que hay que tener cabeza para darle un sentido a la vida, tener la capacidad de no quedarse pegada en nuestro drama y abrirnos a sentir lo bueno. Por eso admiro profundamente a Ana Frank.

 

Bernardita Santa Cruz

Bernardita Santa Cruz tiene formación en Diseño y en su popular cuenta de Instagram pone su ojo en belleza, moda y estilo de vida. En Mujer Dínamo enfocará sus columnas en temas de inclusión.

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